
La Escritura dice: “Si el Eterno no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican” (Salmos 127:1). Muchos lectores quizá deban volver atrás y convencerse de nuevo de que Dios es real. Nosotros no existimos “por que sí”. Es obvio que nuestra mente humana fue creada por algo superior a nosotros. Las leyes que nos rodean, como las de gravedad, inercia y termodinámica, exigen que haya un gran Legislador. Los diseños magníficos del organismo humano, las plantas, los animales y los astros evidencian que hay un gran Diseñador. Las profecías inspiradas de la Biblia, que se han cumplido y se están cumpliendo ahora, patentizan la realidad de un Dios personal, un Dios que lleva el control del universo y que interviene en su creación. ¡Un Dios que está haciendo realidad un propósito supremo en la Tierra!
A medida que usted llegue a conocer al Dios real, comprenderá que Él sabe qué es lo mejor para usted en cada aspecto de su vida, entre ellos el matrimonio. Él es quien nos creó varón y hembra. Él es quien creó nuestro cuerpo y nuestra mente, y quien diseñó específicamente las diferencias entre nosotros e incluso las maneras diferentes como piensan los hombres y las mujeres y su modo particular de ver el mundo que los rodea. Ese gran Creador hizo a la mujer y al hombre, y los hizo el uno para el otro. Ciertamente, Él sabe más que todos los sicólogos y consejeros matrimoniales sumados, cómo funcionan nuestro cuerpo y mente y cuál es el mejor modo de relacionarnos dentro del matrimonio. La Santa Biblia nos dice: “El Eterno Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente” (Génesis 2:7).
Y más adelante leemos:
“Dijo el Eterno Dios: No es bueno que el hombre esté solo; le haré ayuda idónea para él” (v. 18).
El varón solo no está completo. Adán sintió que estaba incompleto… y solitario. No tenía nadie de su especie con quién hablar e interactuar. No tenía nadie a quien amar y querer, nadie con quien pudiera sentir en lo más hondo de su ser que se pertenecían de verdad el uno al otro.
Nuestro Padre Celestial lo sabía.
Entonces Dios, haciéndolo caer en un profundo sueño, literalmente le sacó una costilla ¡y la convirtió en una mujer! Podría haberlo hecho de otra manera, desde luego, pero Él quiso demostrar tanto al hombre como a la mujer que ellos deben estar unidos. Por eso sacó algo del costado de Adán, cerca de su corazón, e hizo a Eva.
“Dijo entonces Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada Varona porque del varón fue tomada” (v.23).
En el idioma hebreo original, este versículo dice así: “Esta será llamada Ishah [de Ish] porque fue tomada de Ish [varón]”. Fue así como Dios hizo una “ayuda” idónea para Adán (v. 20), alguien con quien él pudiera relacionarse, con quien pudiera compartir sus pensamientos, sus planes, sus esperanzas y sueños.